12/12/2011 15:26:40
Urdangarín, la guillotina y La Bastilla
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La monarquía como institución no resiste las pruebas del laboratorio de la democracia. Es un residuo de épocas predemocráticas prendido de un hilo fino de los ordenamientos constitucionales que todavía la mantienen. Pero siempre está en cuestión. Sobrevive en la medida de que sus miembros sean ejemplares. Cualquier brizna de hierba desestabiliza su equilibrio interno y la pone en observación de los ciudadanos que pueden llegar a cuestionarse cómo la vía de la sangre sirve para trasmitir el poder, aunque sea atenuado por los límites parlamentarios. Cada vez que un escándalo estalla cerca de la institución hay que vigilar las cuadernas y los soportes de la Corona. Porque la mínima compensación por tantos privilegios debe ser la ejemplaridad.

Iñaki Urdangarín ha metido a la monarquía en el laboratorio de pruebas porque ha tenido comportamientos que presuntamente no se le permiten ni a los hombres comunes. Él está casado con una hija de los Reyes de España, y a lo que parece, ha utilizado su posición para hacer negocios que pueden llegar a ser ilegales.





El duque ha hecho un comunicado lamentando las informaciones vertidas; ese no es el problema. Lo verdaderamente importante son los hechos en sí mismos, y no su conocimiento.





Hay algunas reglas que debieran ser el corolario de una institución que se mantiene sobre los privilegios de la sangre y del matrimonio. No se puede ser de la Casa Real para los beneficios y quitarse de en medio cuando la posición es molesta.





Las fotos felices de familia se han quedado en la retina de los ciudadanos. Días de amor y rosas en Marivent, en la nieve o navegando. Y días amargos en la puerta de los juzgados.





Iñaki Urdangarín, con el derecho a la presunción de inocencia, ha metido a la Monarquía en un buen lío. Y es tan mayor que debiera conocer las consecuencias de sus actos. Si alguien le daba dinero por no hacer nada debiera haberse preguntado si lo hacían por ser el yerno del Rey. Y la respuesta no puede ser más que una. ¿No sabía lo que estaba haciendo?



Ahora tiene que poner el cuello debajo de la guillotina, porque cuando se pierde el respeto a una institución que no está claro para que sirve, es mejor una cabeza de turco que un asalto a La Bastilla.

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